#!/usr/bin/env python3

Álex Moreno llevaba diecisiete minutos mirando dos billetes de tren que no había comprado.
No era una forma de hablar.
Diecisiete minutos.
La página seguía abierta en el portátil. Ida el viernes a las 17:42. Vuelta el domingo a las 19:06. Dos adultos. Asientos juntos. Precio razonable. Incluso había seleccionado la tarifa que permitía cambios, por si acaso.
Solo faltaba pulsar Comprar.
Clara pasó detrás de él con una taza.
—¿Los has cogido?
—Estoy mirando una cosa.
—Llevas mirando esa cosa desde que he puesto la cafetera.
Álex señaló la pantalla.
—El domingo dan lluvia.
Clara se inclinó lo justo para comprobar que, efectivamente, en algún lugar de Internet alguien había colocado una nube gris encima del domingo.
—Terrible.
—No digo que sea terrible.
—Pobrecilla Irene. Tendremos que esperar a que inventen los edificios.
Álex cerró la página del tiempo.
—También podríamos ir el fin de semana siguiente.
—También podríamos ir en Navidad.
—Faltan tres meses.
—Entonces todavía tienes tiempo para mirar si llueve.
Clara se marchó.
Álex volvió a los billetes.
No era que no quisiera ver a Irene. Al contrario. Llevaban casi cuatro meses sin verla. Videollamadas, mensajes, fotografías de platos que ella cocinaba y de plantas que insistía en comprar aunque su piso tuviera aproximadamente el tamaño de un ascensor.
Pero aquel fin de semana quizá lloviera.
El siguiente podía salir más barato.
También podían ir en coche.
O salir el sábado temprano.
Quizá Irene tuviera algún plan que no quisiera cancelar por ellos.
Podría preguntárselo.
Aunque, si se lo preguntaba, ella respondería que fueran.
Álex cerró la pestaña.
—Esta noche lo miramos.
Desde la cocina llegó la voz de Clara.
—Claro.
Álex sonrió.
Sabía exactamente qué significaba aquel «claro».
Abrió el correo, respondió dos mensajes, leyó tres noticias y buscó una información que, a mitad de búsqueda, olvidó para qué necesitaba.
Le pasaba a menudo.
En el cajón de la mesa guardaba una pequeña libreta azul en la que anotaba cosas que quería hacer. No tareas importantes. Precisamente lo contrario.
Cambiar la bombilla del trastero.
Comprar una maceta grande.
Llamar a Andrés.
Ordenar las fotografías de 2019.
Aprender a preparar aquel arroz que hacía su padre.
En la primera página había escrito, meses atrás:
IR A VER A IRENE.
No lo había tachado.
Álex era bueno haciendo listas.
Era terminar las cosas lo que se le daba peor.
Cuando quiso darse cuenta eran las once y cuarto.
Fue entonces cuando vio el archivo.
Estaba en el escritorio, a la derecha de una carpeta llamada DOCUMENTOS, debajo de la papelera.
alex.py
Frunció el ceño.
Hacía meses que jugaba con herramientas de inteligencia artificial. Había conseguido hacer pequeños programas copiando instrucciones que apenas comprendía. Una calculadora. Un organizador de fotografías. Una tontería que elegía al azar qué película ver.
Era perfectamente posible que hubiese creado aquel archivo y no lo recordara.
Lo abrió.
Solo contenía:
#!/usr/bin/env python3 despierto = True
Álex leyó dos veces.
La primera línea no significaba nada para él.
La segunda sí.
despierto = True
No hacía falta ser programador.
Despierto igual a verdadero.
O algo parecido.
Preguntó qué significaba la primera línea.
La respuesta explicó que era una shebang, utilizada en determinados sistemas para indicar que el archivo debía ejecutarse con Python 3.
Álex volvió a mirar:
despierto = True
Se rio.
—Muy gracioso.
Clara apareció en la puerta.
—¿Quién?
—No sé.
—Prometedor.
—Mira esto.
Clara se acercó.
Álex señaló la pantalla.
—Ha aparecido en el escritorio.
—¿Y?
—Yo no lo he creado.
—¿Seguro?
Álex tardó un poco demasiado en responder.
—Bastante.
—Eso significa que no.
—Significa que no lo recuerdo.
—Exactamente.
Álex le explicó lo que acababa de averiguar.
Clara miró la segunda línea.
—¿Y eso dice que estás despierto?
—Más o menos.
Ella lo observó durante dos segundos.
—Pues ya tenemos una inteligencia artificial que acierta una de cada una.
—No es una inteligencia artificial.
—Me quedo mucho más tranquila.
Clara regresó a la cocina.
Álex cerró el archivo.

No volvió a pensar en él hasta la mañana siguiente.
O eso creyó.
Porque antes de dormirse recordó dos veces que seguía allí.
Y las dos veces decidió no levantarse para comprobarlo.
A las nueve y doce de la mañana, alex.py seguía en el escritorio.
Álex lo abrió antes incluso de mirar el correo.
Ahora decía:
#!/usr/bin/env python3 despierto = True vivo = True edad = 57
Dejó la taza sobre la mesa.
despierto = True
Correcto.
vivo = True
También.
edad = 57
Álex miró hacia el pasillo.
—Clara.
—¿Qué?
—Ven un momento.
—¿Para qué?
—Ven.
—Eso nunca anuncia nada útil.
Apareció secándose las manos con un paño.
Álex señaló la pantalla.
Clara leyó.
—Felicidades. También sabe contar.
—Ayer esto no estaba.
—¿Qué?
—Las otras dos líneas.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Seguro como ayer o seguro de verdad?
Álex no contestó.
Clara acercó una silla.
—A ver. ¿Tu edad es secreta?
—No.
—¿Que estás vivo?
—Espero que tampoco.
—¿Y que estás despierto?
—Clara.
—Pregunto.
—Alguien está modificando el archivo.
—Puede ser.
—¿Quién?
—Ni idea.
—¿Tú?
Clara lo miró.
—Sí, Álex. Llevo una doble vida. Por las noches programo en Python y por las mañanas finjo que no sé conectar la impresora.
—Sabes conectar la impresora.
—Eso es exactamente lo que diría una hacker.
Álex intentó reírse, pero volvió a mirar la pantalla.
Tres datos.
Nada extraordinario.
Cualquiera podía conocerlos.
Clara se levantó.
—Haz lo que quieras hacer, pero no conviertas esto en una investigación policial.
—Solo quiero saber de dónde ha salido.
—Eso ya es una investigación policial.
—Cinco minutos.
—Tus cinco minutos necesitan calendario propio.
Se marchó.
Álex miró las propiedades del archivo.
Fechas.
Tamaño.
Ubicación.
Después buscó cómo averiguar qué programa había modificado un archivo.
Leyó acerca de registros, permisos y procesos.
Cuarenta y siete minutos después sabía bastante más sobre Windows.
Y exactamente lo mismo sobre alex.py.
Nada.
Al tercer día apareció el café.
cafe = True
Álex estaba sosteniendo una taza cuando lo leyó.
Miró la taza.
Miró la pantalla.
Volvió a mirar la taza.
La dejó.
Fue a la cocina.
—¿Qué haces? —preguntó Clara.
Álex abrió el armario.
—¿Tenemos té?
Clara levantó la vista del móvil.
—¿Quién eres y qué has hecho con mi marido?
—¿Tenemos o no?
—Arriba.
Álex encontró una caja con bolsitas.
—¿Cuál?
—Eso ya supera mis competencias.
Eligió una al azar.
Volvió al ordenador con una taza de té.
Se sentó.
Esperó.
Nada.
Abrió otra vez el archivo.
cafe = False
Álex dejó de respirar durante un instante.
Cerró.
Volvió a abrir.
cafe = False
—Clara.
—No.
—Ven.
—No.
—Ha cambiado.
Silencio.
—¿Qué ha cambiado?
—El archivo.
Clara apareció.
Álex le explicó lo ocurrido.
Ella miró la taza.
—¿Está bueno?
—¿Qué?
—El té.
—No lo sé.
—Llevas cinco minutos con él.
—Eso no es lo importante.
—Para el té sí.
Álex señaló la pantalla.
—Ponía True. He cambiado de café a té y ahora pone False.
Clara leyó.
—Entonces te vigila.
Álex la miró.
—¿Lo dices en serio?
—No.
—Pues podría.
—También podría ser que algún programa cambie el archivo.
—¿Cuál?
—El mismo que te puso cincuenta y siete años ayer.
Álex guardó silencio.
Había tres posibilidades.
La primera era que el archivo predijera lo que iba a hacer.
Pero había fallado.
La segunda era que intentara controlarlo.
También había fallado.
La tercera era que registrara lo que hacía.
Aquella era peor.
—Voy a tapar la cámara.
Clara lo miró.
—¿Con qué?
—Con algo.
—Hazlo con la bolsita del té. Al menos servirá para algo.
Álex cerró el portátil.

Aquella tarde llamó Irene.
Clara puso el teléfono en altavoz.
—¿Entonces venís este finde?
Álex miró a Clara.
Clara miró a Álex.
—Estamos viéndolo —dijo él.
—¿Qué estáis viendo?
—El viaje.
—Papá, hay un tren que sale de vuestra ciudad y llega a la mía. El concepto está bastante probado.
Clara se tapó la boca.
—El domingo parece que llueve.
Hubo un silencio.
—Tengo techo.
Clara perdió la batalla y soltó una carcajada.
—Vale. Muy graciosas las dos.
—No pasa nada. Si no podéis, el siguiente.
—El siguiente seguro.
—Vale, papá.
Irene cambió de tema.
Le habló de un problema en el trabajo, de una amiga que se había separado y de una planta nueva que había comprado.
Cuando colgaron, Álex siguió mirando el teléfono.
No había reproche en aquel «vale, papá».
Quizá por eso le molestaba.

Abrió el portátil.
alex.py tenía una nueva línea.
viaje = False
Sintió un escalofrío.
No porque el archivo supiera algo que nadie podía saber.
Sino porque tenía razón.
Dos días después aparecieron las funciones.
def continuar():
return True
def detenerse():
return FalseÁlex preguntó solo lo imprescindible.
El código definía dos acciones. Una devolvía verdadero. La otra, falso.
Leyó los nombres.
continuar
detenerse
Aquello ya no parecía una lista de datos.
Parecía un vocabulario.
Como si alguien estuviera enseñándole al archivo qué significaban las cosas.
O como si el archivo estuviera decidiendo qué significaban.
A la mañana siguiente encontró:
miedo = True
if miedo:
detenerse()
else:
continuar()Álex entendió lo suficiente.
Si miedo era verdadero, detenerse.
Si no, continuar.
—Qué listo eres —murmuró.
Aquella tarde tenía pendiente llamar a Andrés.
Su nombre llevaba cinco meses en la libreta azul.
Habían discutido por una estupidez. Tan pequeña que Álex ya no recordaba exactamente cómo había empezado, pero sí todas las razones por las que consideraba que él tenía razón.
Había redactado mensajes.
Los había borrado.
Había esperado cumpleaños, fiestas, cualquier excusa que permitiera llamar sin tener que admitir que quería hacerlo.
Cogió el teléfono.
Sintió miedo.
No mucho.
El suficiente.
Marcó.
La conversación duró once minutos.
Los primeros dos fueron incómodos.
Los nueve restantes, no.
Cuando terminó, Álex abrió la libreta azul.
Buscó:
Llamar a Andrés.
Pasó una línea encima.
Se quedó mirando el tachón.
Era una tontería, pero le gustó.
Debajo seguía:
IR A VER A IRENE.
Cerró la libreta.
Después miró alex.py.
miedo = False
—No.
Lo dijo en voz alta.
—No.
Seguía teniendo miedo.
Lo había tenido mientras marcaba.
Cuando escuchó el primer tono.
Cuando Andrés respondió.
Incluso ahora quedaba algo, mezclado con alivio.
El archivo estaba equivocado.
Por primera vez, claramente equivocado.
Álex sonrió.
Aquello debería haberlo tranquilizado.
No lo hizo.
Porque hasta entonces había supuesto que el archivo sabía cosas sobre él.
Ahora descubría algo distinto.
Creía saberlas.
El siguiente error llegó tres días después.
feliz = True
Álex lo leyó durante el desayuno.
Clara untaba mantequilla en una tostada.
—Dice que soy feliz.
—Enhorabuena.
—¿Tú crees que soy feliz?
Clara levantó la vista.
—¿Pero eres feliz?
Álex apoyó los codos sobre la mesa.
—Depende.
—Ya empezamos.
—No, en serio. ¿Feliz en general? ¿Ahora mismo? ¿Con nuestra vida? ¿Conmigo? ¿Contigo?
—Era una pregunta, no una oposición.
Álex miró:
feliz = True
Aquella mañana estaba contento por haber hablado con Andrés.
Preocupado por una factura.
Echaba de menos a Irene.
Estaba enfadado consigo mismo.
Le dolía ligeramente la espalda.
Le gustaba el olor del café.
Amaba a Clara.
Y empezaba a tenerle miedo a un archivo de texto de menos de un kilobyte.
¿Verdadero o falso?
No dijo nada.
Aquella tarde Clara consiguió sacarlo de casa.
En un cruce, Álex se quedó mirando el semáforo.
Rojo.
Verde.
Rojo.
—No —dijo Clara.
—¿Qué?
—No sé qué estás pensando, pero no.
—Solo estaba mirando el semáforo.
—Llevas diez segundos mirándolo como si fuera a confesarte algo.
Entraron en una cafetería.
La puerta estaba abierta.
Después alguien la cerró.
Abierta.
Cerrada.
En el baño, la luz se encendía al entrar y se apagaba al salir.
Una máquina aceptaba o rechazaba monedas.
El camarero preguntó:
—¿Azúcar?
—No.
Otra variable.
Sí.
No.
Verdadero.
Falso.
Clara removió su café.
—Estás otra vez con eso.
—No he dicho nada.
—Precisamente.
Álex miró por la ventana.
—¿No te parece curioso cuántas cosas funcionan así? Encendido o apagado. Abierto o cerrado. Sí o no.
—No.
—Mira el semáforo. Rojo o verde.
—También tiene ámbar.
Álex se quedó quieto.

Clara sonrió.
—Tu programa se acaba de quedar corto.
Álex se rio.
—Eres insoportable.
—Y como empieces a explicarme la tostadora en binario, duermes con ella.
Por primera vez en varios días, Álex pasó casi una hora sin pensar en alex.py.
Casi.
Esa noche preguntó a una inteligencia artificial:
—¿Puede un programa saber que es un programa?
Leyó sobre autorreferencia, modelos internos, consciencia y la diferencia entre representar algo y experimentarlo.
Álex escribió:
—¿Cómo podría una persona demostrar que no es un programa?
La respuesta fue más larga.
No encontró lo que buscaba.
Reformuló:
—¿Cómo podría demostrar que soy una persona?
Tampoco obtuvo una certeza.
—Eso no responde.
La respuesta comenzó:
—Correcto.
Álex sonrió.
Al menos aquella máquina sabía admitirlo.
Entonces preguntó:
—Si un archivo describiera perfectamente todo lo que hago, ¿significaría que me controla?
La respuesta fue inmediata:
—No necesariamente. Describir, predecir y causar son conceptos diferentes.
Álex dejó de sonreír.
Describir. Predecir. Causar.
Tres cosas diferentes.
Había estado mezclándolas desde el primer día.
Dos mañanas después, alex.py tenía recuerdos.
recuerdos = []
def recordar(recuerdo):
recuerdos.append(recuerdo)
recordar("bicicleta_roja")
recordar("verano_1981")
recordar("primer_beso")Álex sintió frío.
La bicicleta roja existió.
Se la regalaron cuando era niño.
El verano de 1981 también significaba algo. Un apartamento pequeño cerca del mar, su madre llamándolo desde un balcón, arena en las sábanas.
Y el primer beso.
Se quedó mirando aquella línea.
No le gustaba verla allí.
"primer_beso"
Dos palabras entre comillas y un guion bajo.
Eso no era lo que recordaba.
Recordaba una verja verde.
Olor a tierra mojada.
El miedo absurdo a no saber dónde poner las manos.
Recordaba que ella se llamaba Ana.
O quizá Eva.
Frunció el ceño.
Ana.
Seguro.
Bueno.
Casi seguro.
—Clara, ¿recuerdas cuál fue mi primera bicicleta?
—No.
—Era roja.
—Estupendo.
—¿Te he hablado alguna vez de ella?
—Probablemente.
—¿Y del verano del 81?
—Álex, llevamos casados treinta y un años. Me has contado hasta la vez que te picó una avispa en un camping.
—¿Y mi primer beso?
Clara lo miró.
—Eso me interesa más.
—¿Te he contado con quién fue?
—Claro.
—¿Quién?
—Elena.
Álex se rio.
—No.
—Sí.
—Fue Ana.
—Fue Elena.
—Clara.
—Me dijiste que fue Elena.
—Imposible.
—¿Quieres que discutamos sobre con quién te besaste antes de conocerme?
—No es eso.
—Menos mal.
Álex se sentó.
—Recuerdo una verja verde.
—Nunca me has hablado de una verja.
—Claro que sí.
—No.
Álex miró hacia el despacho.
—El archivo pone «primer beso».
—Eso no es un recuerdo.
Álex volvió la cabeza.
Clara se encogió de hombros.
—Son dos palabras.
Álex no respondió.
—A lo mejor el ordenador recuerda tan mal como nosotros.

Una semana después apareció algo diferente.
def vivir():
return continuar()
try:
vivir()
except Exception:
detenerse()
finally:
passÁlex preguntó qué significaba.
Entendió lo suficiente.
try.
Intentar ejecutar un bloque.
except.
Qué hacer si se producía una excepción.
finally.
Un bloque que se ejecutaría al abandonar aquella estructura.
Y:
pass
Nada.
No hacer nada.
Álex se quedó mirando:
finally:
passAl día siguiente seguía igual.
Y al siguiente.
También.
Álex empezó a imaginar qué podía aparecer allí.
No quería hacerlo.
Lo hacía.
Cada mañana abría el archivo esperando encontrar una palabra.
Cada mañana:
finally:
passAl cuarto día esperó hasta después de comer.
Seguía igual.
Al quinto, hasta las seis de la tarde.
Seguía igual.
Clara lo observaba sin preguntar.
Álex sabía qué palabra esperaba.
Precisamente por eso no quería verla.
La encontró un martes.
def morir():
global vivo
vivo = FalseMás abajo:
try:
vivir()
except Exception:
detenerse()
finally:
morir()Álex sintió que se le secaba la boca.
Copió el fragmento y preguntó:
—¿Qué significa exactamente?
Leyó la explicación.
Interrumpió:
—¿Significa que al final moriría?
La respuesta matizó la pregunta.
finally no significaba «algún día, al final de la vida». En aquel fragmento, morir() se llamaría al abandonar el bloque correspondiente.
Álex escribió:
—Entonces moriría ahora.
La respuesta llegó:
—El programa cambiaría el valor de la variable vivo a False. Eso no implica que tú mueras. El código manipula una variable dentro de un programa, no tu estado biológico.
Álex apoyó las manos en la mesa.
El código manipula una variable.
No a él.
Una variable.
Clara apareció con ropa doblada.
—¿Qué pasa?
Álex señaló la pantalla.
Ella leyó.
—Ya.
—¿Ya?
—¿Qué quieres que diga?
—Pone que voy a morir.
—No.
—Clara.
—Pone una cosa en inglés y unos paréntesis.
Álex le explicó finally.
Le explicó morir().
Le explicó vivo = False.
Clara esperó.
Cuando terminó, preguntó:
—¿Necesitabas un ordenador para descubrir que vas a morir?
Álex la miró.
No pudo evitarlo.
Se rio.
Primero poco.
Después más.
Clara dejó la ropa sobre una silla.
—No le veo tanta gracia.
—Ninguna.
—Pues te estás riendo.
—Ya.
Clara sonrió.
Álex volvió a mirar el código.
Por primera vez, morir() parecía pequeño.
Cinco letras.
Dos paréntesis.
Una función.
Había sido él quien había puesto dentro todo lo demás.

Aquella noche Álex abrió alex.py.
Fue hasta el final.
Colocó el cursor.
Dudó.
Después escribió:
while vivo:
vivir()Lo leyó.
Mientras vivo, vivir.
Le gustó.
Era absurdo.
Simple.
Le daba igual.
Guardó el archivo.
Cerró el portátil.
A la mañana siguiente, su línea seguía allí.
Debajo había otra.
mensaje = "Piensa menos. Vive más."
Álex no sonrió.
Al principio.
Después sí.
—Clara.
—Estoy en la ducha.
—Cuando salgas ven.
—¿Es urgente?
Álex miró la frase.
—No lo sé.
—Entonces no.
Esperó.
Cuando Clara apareció, le enseñó la pantalla.
Leyó.
No dijo nada.
—¿Fuiste tú?
Clara levantó una ceja.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué iba a ser yo?
—Porque tienes acceso al ordenador.
—También tú.
—Porque sabes lo del viaje, lo del café, mis recuerdos...
—No sé programar.
—Eso se aprende.
—¿Me estás acusando de aprender Python en secreto para decirte que piensas demasiado?
Álex guardó silencio.
Clara señaló la pantalla.
—Podría habértelo dicho gratis.
—¿Fuiste tú?
Ella lo miró durante varios segundos.
Ya no sonreía.
—¿Cambiaría algo?
—Sí.
—Entonces no te lo voy a decir.
—Eso no es una respuesta.
—Exactamente.
Se marchó.
Álex siguió mirando:
mensaje = "Piensa menos. Vive más."
Abrió el teléfono.
Buscó la conversación con Irene.
Escribió:
Perdona por no haber ido todavía. Tengo muchas ganas de verte.
Lo leyó.
Lo borró.
Al final escribió:
¿Estás libre este fin de semana?
La respuesta tardó menos de un minuto.
Sí 😳
Después:
¿POR?
Álex sonrió.
No respondió.
Abrió la página de los trenes.
Los precios habían subido dieciocho euros.
Álex estuvo a punto de comentárselo a Clara.
No lo hizo.
Viernes.
Domingo.
Dos adultos.
Asientos juntos.
Tarifa con cambios.
Se detuvo.
En otra pestaña tenía el tiempo.
La cerró.
Pulsó Comprar.
La página pidió confirmación.
Confirmó.
El móvil de Clara sonó en la cocina.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—Me acaba de llegar algo.
Clara apareció mirando la pantalla.
—¿Has comprado los billetes?
—Sí.
—¿Sin decirme nada?
—Llevas cuatro meses diciéndomelo tú.
Clara miró el móvil.
Después a él.
—¿Y si llueve?
Álex abrió la boca.
Ella sonrió.
—Era broma.
Clara se acercó y le dio un beso en la frente.
—Voy a decírselo a Irene.
—Espera.
—¿Qué?
Álex ya estaba mirando alex.py.
Buscó:
viaje = False
Ya no estaba.
En su lugar:
viaje = None
Álex se quedó inmóvil.
—¿Qué pone? —preguntó Clara.
—Nada.
—Alguna cosa pondrá.
Álex observó None.
Durante unos segundos tuvo el impulso de averiguar exactamente qué significaba.
Cerró el archivo.
—Nada importante.
Irene los esperaba en la estación.
Álex la reconoció antes de que ella los viera.
Estaba mirando el teléfono junto a una columna, con una mochila colgada de un hombro.
Por un instante no llamó.
Solo la miró.
Había pasado años deseando que creciera.
Que caminara sola. Que estudiara. Que encontrara su sitio.
Y ahora habría pagado por recuperar una tarde cualquiera de cuando tenía seis años y necesitaba que él le atara los zapatos.
—Ahí está —dijo Clara.
Irene levantó la vista.
Sonrió.
Y todo pensamiento sofisticado desapareció.
Los abrazó.
—¡Por fin!
—Tampoco hace tanto —dijo Álex.
Irene lo soltó.
—Cuatro meses y doce días.
—¿Los has contado?
—No. Me lo acaba de decir Python.
Álex se quedó quieto.
Irene empezó a reírse.
—Mamá me ha contado lo del archivo.
Álex miró a Clara.
—¿Qué?
—No todo.
—¿Qué es «no todo»?
—Lo suficiente.
Irene lo agarró del brazo.
—Venga. Tengo hambre.
Comieron demasiado.
Irene les enseñó el piso por tercera vez como si nunca hubieran estado allí.
Clara reorganizó dos macetas sin pedir permiso.
Álex arregló una puerta de armario que rozaba.
El sábado llovió durante cuarenta minutos.
El domingo salió el sol.
Durante la comida, Irene y Clara discutieron durante siete minutos sobre si pedir postre.
Álex las escuchó.
No intentó resolver nada.
Pensó en la libreta azul.
En la primera página.
IR A VER A IRENE.
Cuando volviera a casa podría tacharlo.
Después pensó que quizá no.
No quería que aquello fuera una tarea terminada.
En la estación, Irene los abrazó.
—La próxima vez no tardéis tanto.
—Lo intentaremos.
Irene miró a su padre.
—No.
—¿No qué?
—No lo intentes.
Álex sonrió.
—¿Entonces?
Irene volvió a abrazarlo.
—Ven.
Álex cerró los ojos un instante.
—Vendremos.

El lunes por la mañana el portátil estaba apagado.
Álex preparó café.
Entró en el despacho.
Dejó la taza junto al ratón.
Durante varios segundos miró la pantalla negra.
Sabía lo que había detrás.
El escritorio.
Las carpetas.
La papelera.
Y, probablemente, alex.py.
Quizá el archivo hubiera cambiado durante el viaje.
Quizá hubiera nuevas líneas.
Podía decir dónde había estado.
Con quién.
Qué había hecho.
Quizá viaje volviera a ser True.
Quizá continuara siendo None.
Quizá apareciera algo sobre Irene.
Sobre Clara.
Sobre él.
Solo tenía que pulsar un botón.
Clara apareció en la puerta.
—¿Qué haces?
Álex miró la taza.
—Café.
—Ya lo veo.
Álex volvió a mirar el ordenador apagado.
Después cogió la taza.
—Pues por una vez no necesito saber más.
Salió del despacho.
La pantalla permaneció negra.

Queda una instrucción.
Esta no es para Álex.
Elige cómo estás leyendo.
ESTOY EN UN ORDENADOR
Windows · PowerShell
Abre PowerShell. Copia esta línea y pulsa Intro:
[Text.Encoding]::UTF8.GetString([Convert]::FromBase64String("wqFUZSBxdWllcm8hID4gU2lndWUgYXPDrQ=="))Puedes ejecutarla, examinarla antes o dejarla aquí. Tú decides.
¿QUÉ HACE ESTA INSTRUCCIÓN?
Convierte una cadena codificada en Base64 a bytes y después interpreta esos bytes como texto UTF-8. No descarga archivos, no modifica archivos, no accede a tus datos y no se conecta a Internet.
ESTOY EN UN MÓVIL
En el móvil puedes ejecutar la misma instrucción directamente en el navegador. No necesitas instalar nada.
> EJECUTAR ÚLTIMA INSTRUCCIÓN